Sólo tuve que empujarlo suavemente, con el odio acumulado de tantos meses. Su cuerpo rodó por la inclinación que lleva a la playa, la cabeza contra las rocas, el cráneo incrustado contra los poros de lava.
Chorrea roja la sangre en la oscuridad. La noche esconde su pálido rostro, su barba dorada cubriendo la mueca del dolor. Miro su blancura, cruel incluso sin vida, me asaltan los recuerdos, la amargura, el dolor. En una punzada del rencor que me dejó inyectado, estampo contra su cara la pesada roca. Se escucha el crujido de los huesos faciales, la piedra empapada. Otra más, y otra y otra, una montaña de rugosa lava sólida que ocultan su cuerpo. Ya no queda nada, sólo el olor a sal, la espuma marina arrullando de lejos. Escupe el viento.
Subo la cuesta del acantilado, mis manos están manchadas de arena. Me siento ligera, pero la rabia sigue quemando por dentro, royendo las entrañas de la insatisfacción. Mañana volveré de nuevo, a tirar guijarros contra su tumba.
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