Aún notaba la marca de sus dedos en la espalda, escalando por cada vértebra, cabalgando contra su piel enmarañada en el laberinto de la roja y negra espiral.
Se miraba las manos y no la podía sacar de su cabeza. Le gustaba pronunciar su nombre, dejándolo resbalar en el paladar hasta soltar el aire en un sonido que le aceleraba el corazón. La primera noche su rostro se desdibujaba, pero no había parado de pensar en ella durante los dos días siguientes. Recordaba su perfume, la saliva empapada en su cuello, sus muslos contra el pecho y volvía a mirarse las manos. En los poros de su piel aún quedaban resquicios del sudor compartido. Intentaba recomponer el puzle de su cara: los labios finos, hinchándose en cada gemido; los ojos negros y achinados; la tez sonrosada, gotas de éxtasis escapando por su frente. Imagen laberíntica, emborronada de rojos y negros. Un escalofrío le asaltaba el estómago y apretaba las manos contra la boca para retener la curva infinita que recorría su espalda de mujer, desde el hueso sacro a la nuca, perdiéndose para siempre en los rizos amargos de su pelo. Tenía que volver a verla, volver a exprimir con sus dedos aquel tatuaje imposible que le retorcía la memoria, que lo ahogaba antes de ir a dormir, moribundo e insomne, en la cama de la que ella se fue aquella mañana después de conocerla.
Ya no recuerda cual de los dos fue el primero en dar el paso, en marcar el teclado insensible del móvil en busca de un sms. No importaba, ahora la volvía a tener antes sus ojos y observaba la huída de sus pupilas, la caída nerviosa de sus párpados, el fumar apresurado, los labios mojados en vino. Parecía tan segura, apoyada contra los cojines rojos, sonriendo a la tenue luz azul de la lámpara fluorescente. Y pensaba en el tatuaje escondido tras la camiseta de algodón, insinuándose por el cuello cada vez que ella movía la cabeza. La sangre se aceleraba camino del corazón, en un ir y venir frenético que le presionaba las arterias. Dejó de escuchar lo que su boca jugosa estaba diciendo, la atrapó por la nuca tatuada, arrastrándola contra sus labios. La mano le quemaba, ardiendo encendida en el rojo pintado de la espalda, descendiendo encarnada y obligándola a doblarse contra sí misma. Al mirarla desnuda en el sofá, los contornos del tatuaje parecían cobrar vida, enredándose y desenredándose en un lenguaje propio, adquiriendo mil y una formas diferentes, concretas, imprecisas y todas de un rojinegro penetrante que le obligaban a aferrarse a ella. Sus ojos se perdían en el trajín imparable de la mutación, mientras sus dedos buscaban atrapar cada cambio, cada línea tatuada. Apretaba su espalda fuertemente, encarcelándola entre las manos masculinas, dejando crujidos de placer en el frágil y perfumado cuerpo que se contoneaba como un felino amaestrado, a punto de soltar un zarpazo.
Gemido final. Ramificaciones curvilíneas atravesando cada poro, cada orificio expectante, deslizándose violento hasta el interior de él, arrebatándole el alma, relamiéndose la conquista.
Sobre el cuerpo de mujer, el rojo se enciende victorioso junto al azabache renovado, jugando a recomponer el laberinto incomprensible. Sobre la cama, él tiene los ojos en blanco, tan sólo una imagen imprecisa y obsesiva, un tatuaje que corroe la corteza moribunda de su cerebro, simples partículas grises para alimentar a la bestia.
Libertad Morales Salamanca
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